La Leccion Mas Importante

 

 

La lección más importante

 

Tony González viajó a México para hacer un curso de español, pero terminó aprendiendo mucho más que el idioma.

 


Tony González dice que enseñará a su hijo Nikko todo sobre su herencia mexicana (Keith Dannemiller)

Por DAVID FLEMING
ESPN The Magazine

MÉXICO -- Como a muchas ciudades mexicanas, a San Miguel de Allende la definen dos cosas: las iglesias y los bares. Emplazada en el valle de Sierra Madre, a 430 kilómetros al noroeste de Ciudad de México, San Miguel tiene como su edificio más prominente, y más extraño, a La Parroquia, una iglesia del Siglo XVII copiada de postales francesas, hecha de piedra de cantera rosada. Según a qué vecino uno le pregunta, es una obra maestra barroca o una gigantesca torta de cemento. Bajando por esa calle aparece el mercado al aire libre, donde a cada paso se siente el olor a mango, abono, flores de sol, salchicha y aguas residuales, un poco de la cual gotea de El Gato Negro, una taberna cercana que incluye un mingitorio parecido a un acueducto, que corre por debajo y a lo largo del bar.

Pasando el jardín --un lozano verdel en el centro de ciudad-- se puede escuchar el nervioso golpeteo de música salsa, que palpita tras las puertas del bar Mama Mía. Adentro, en un espacio no más grande que un dormitorio universitario, la pista de baile está saturada de cuerpos transpirados. En el medio se encuentra Tony González, el ala cerrada All-Pro de los Chiefs, quien ha pasado un mes en San Miguel. Durante una de sus últimas noches, González disfruta las lecciones de salsa de una mujer vestida de leopardo, quien lo hace contonear de una manera que Ray Lewis admiraría.

Cerca de las 10 de la noche, González apura una cerveza para apagar su sed post-salsa. La cerveza en México es más segura que el agua. El tequila es aún más seguro. Pero González se lo toma con calma. No siquiera las súplicas del bajista de Pila Seca, una popular banda local de música funk, le impedirán marcharse. El músico, que está en muletas por una lesión que dice haber sufrido haciendo el amor con su esposa, juega la carta de la compasión. Pero González se ríe, agarra sus manuales de lengua española, los coloca bajo el brazo y articula las palabras "escuela nocturna" a un amigo, antes de salir a las calles de adoquines de 500 años.

 

La profesora Sierra en plena tarea con su pupilo (Keith Dannemiller)

El ala cerrada de 28 años está en San Miguel, conocida como la cuna de la independencia mexicana, para conectarse con una herencia hispana sobre la que sabe poco. Su abuelo paterno, Joseph, nació en Portugal y creció en Argentina, un país de habla española. Pero ambos padres de González fueron criados en los Estados Unidos. Y González, nativo de Huntington Beach, California, creció avergonzado de que apenas conocía la diferencia entre hola y adiós. Y se sentía aún peor cuando, en sus apariciones públicas, niños hispanos le hacían preguntas en español. Su única respuesta: "Lo siento, no hablo".

Desde luego, la búsqueda de conocimiento de parte de González no es únicamente altruista. Con un contrato ya firmado para ir a Guadalajara a lanzar Gatorade, González quiere buscarle un lugar al mercado hispano en la NFL. "Afrontémoslo," dice el veterano de siete años, "no hay demasiada influencia latina en la NFL. Tal vez yo pueda cambiar eso."

A través de un amigo, González se enteró de la existencia del Instituto Allende, en San Miguel, que ofrece un programa intensivo de Lengua Española, el equivalente lingüístico al temido campo de prácticas de dos por día de Dick Vermeil. Desde la primera semana de abril, González ha recibido instrucción particular de profesores locales, y ha asistido a clase cinco días por semanas, seis horas por día, durante cuatro semanas. El curso le costó a González 154,000 dólares, si a los 4,000 dólares de matrícula se suman los 150,000 dólares a los que renunció como bonificación por entrenar fuera de temporada.

González, sin embargo, dice que las lecciones no tienen precio, y que tomó conciencia de ello a los cuatro días de iniciado su viaje. Acababa de salir de clase y vagaba por el Parque Benito Juárez, cuando vio a un niño que vestía un jersey de los Chiefs con el número 88. En esta ciudad de 80,000 mexicanos, la gente tal vez mire un juego de la NFL en todo el año, el Super Bowl, y siempre que no haya un partido de fútbol decente a esa hora. Es raro encontrar un seguidor de los Chiefs.

González se acercó al muchacho, señaló el jersey rojo y luego se señaló a él mismo. "No tenía idea de quién era yo," dice González. "Entonces me di cuenta. Este pequeño niño de otra parte del mundo, que no habla inglés y probablemente no posea un televisor, escogió ese jersey porque tenía impreso un nombre latino, mi nombre. Eso lo dijo todo para mí."

González no conocía a nadie en San Miguel. Se sumergió en la cultura local viviendo con una familia cuyos miembros no hablaban inglés. Tal vez alguna vez haya cobrado una bonificación por firmar de 10 millones de dólares, pero en San Miguel, González era solamente otro gringo que no sabía pedir una cerveza. Ni bien llegó, González dice que su corazón latía con fuerza, "como en el vestuario, antes de un partido importante. Yo siempre estuve abierto a conocer gente nueva y culturas diferentes, pero sabía que lo que estaba haciendo era un poco extremo."

En aquellos primeros días, González había optado por caminar en la montañosa ciudad, demasiado incómodo para hacerle señas a un taxi. Pero una mañana, mucha gente se dio vuelta para mirarlo cuando González trastabilló y quiso decir "me caigo", pero pronunció la palabra "caigo" sin la "i".

 

Tony González disfrutó mucho su viaje a México. (Keith Dannemiller)

Más tarde, González pensó que podría ganar amigos con el básquetbol. En su época de universitario había integrado el equipo de Cal en 1997, que llegó a estar entre los 16 mejores, pero ahora le costó traducir su juego. Para empezar, la cancha del Parque Benito Juárez tiene un árbol demasiado cerca del aro. Los partidos son rápidos (el primero en anotar tres canastas gana), no se permite la defensa hombre a hombre y no se cobra si alguien camina. Y para los extranjeros no hay ninguna cortesía. González apenas había terminado de atarse los cordones cuando su primer partido había acabado.

Pero en su segundo juego, no le llevó mucho tiempo a González llegar hasta debajo del aro y volcar la pelota entre tres rivales, a partir de lo cual los locales comenzaron a llamarlo "Cha-quil". Claro que también empezaron a hostigarlo como a Shaq, punzándolo como toreros al ataque. En vez de iniciar un incidente internacional, González decidió retirarse después de algunos juegos más, y seguir su entrenamiento en la seguridad de un gimnasio local. "Después de lo del básquet," dice, "me preguntaba: '¿En qué me metí?'"

Y aún no había visto nada. En su primer fin de semana en la ciudad, González compró un asiento de primera fila, detrás de las gigantescas puertas rojas de la Plaza de Toros local. El tercer toro matado ese día, cayó resoplando y cubierto de polvo a los pies de González. El animal estaba tan cerca de González que él veía la sangre burbujear en el hocico, y se sobresaltó cuando la bestia de 400 kilos embistió por última vez al matador, antes de caer muerto. "Fue algo terrible," comenta González. "Me voló la cabeza."

Después de aquella primera semana, sin embargo, la vida se hizo más tranquila. Al principio, todo parecía caótico y él no podía ver el cuadro completo. Pero poco a poco, todas las piezas --la cultura, la lengua, la gente-- empezaron a encajar, gracias en gran parte a su nueva familia.

 

Dos cosas que González adora de México: La soledad y los guisos de LuLu. (Keith Dannemiller)

Lulú Hermosillo y sus hijos, Mayra, 24, y Christian, 9, viven en una casa de dos pisos de adobe blanco. Divorciada de su marido, la única fuente de ingresos de Lulú son los 25 dólares por día que gana alojando estudiantes. La casa está en un callejón polvoriento, atestado de perros que duermen frente a las puertas de entrada. El primer día, mientras llevaba su equipaje a su cuarto, González se golpeó la cabeza contra el techo bajo de Lulú. Aproximadamente un tercio de su humanidad sobresale de la cama que le dieron. La ducha estaba tan baja, que Christian le ofreció a González una silla para sentarse. El primer bocado de la picante tortilla de Lulú casi le deja lengua en llamas al californiano. Pero González no se quejaba, y no podría haberlo hecho aunque quisiera, porque nadie entendía lo que decía. "Estábamos todos allí sentados, " recuerda. "Como mudos."

Pero eso cambió rápidamente. La comida principal en México es el almuerzo, y a la noche González pasaba hambre. En cuanto mejoró su vergüenza y su vocabulario, le dijo a Christian: "Muy, muy hambre." Christian es pura energía, con una gruesa mata de pelo negro y una infranqueable indiferencia por la NFL. Para él, González era solamente el tipo grande y hambriento, escudriñando en su cocina. La primera vez que González le mencionó el problema de su estómago vacío, Christian dejó su GameBoy de bolsillo y lo llevó a un lugar de hamburguesas llamado El Fogón. Comieron como reyes por 50 pesos (4 dólares), y se hicieron amigos fieles. Desarrollaron su propio apretón de manos secreto. Hacían pulseadas de pulgares. Después de clase jugaban al básquet entre la ropa colgada y la antena de TV.

Cada mañana, a las 8:30, Lulú, una mujer bajita a quien la risa le había arrugado el costado de los ojos, pero que se comportaba como un general en la cocina, servía huevos, frijoles y mango fresco. Después, los dos "muchachos" agarraban sus mochilas y salían para la escuela en diferentes direcciones. A González le encantaba esa parte del día. Andaba solo por calles todavía frescas, sin nadie que le pidiera un autógrafo. Pasaba por iglesias históricas y galerías de arte, y recorría las ubicuas paredes ocres de la ciudad. "Esto pone las cosas en perspectiva," señala. "Me devolvió la humildad. Fue uno de los mejores momentos de mi vida."

Luego de un mes en San Miguel, González ya no es más otro estadounidense perdido. Tiene su propia llave de la casa de los Hermosillo. Durante una tarde, a pocos días de dejar México, entra a la cocina, choca las manos con Christian y le pregunta en español acerca de la escuela. Le da un beso a Lulú en la mejilla, prueba la sopa que se está cociendo a fuego lento, y grita "¡muy picante!" Lulú señala a González y dice: "Es un buen muchacho".

 

 

González aprendió el saludo secreto de Christian pero no pudo meterse al cuarto de invitados de los Hermosillo. (Keith Dannemiller)

A la mañana siguiente, González se dirige a su último día de clases. Pasea entre las enormes paredes de piedra gris del instituto, vistiendo unos pantalones cortos de color naranja y una camiseta marrón de Sid Vicious, y saluda a la profesora Elvira Sierra. Ella lleva anteojos de bibliotecario y un suéter grueso de lana azul. Su pelo negro, trenzado, le cuelga sobre los hombros como una bufanda. Ella comienza a instruir a González sobre el verbo gustar. El problema más grande de González con el español es la voz pasiva. Es tan distinto al inglés, tan distinto a la NFL. Puesto de otro modo: en inglés, a Tony le gustan los touchdowns; en español, los touchdowns son gustados por Tony.

Por la tarde, González termina con la profesora María Elena Sánchez, cuyo vestido naranja hace juego con su pelo naranja y su lápiz de labios naranja. Sánchez tiene mucha paciencia, pero hoy González la está poniendo a prueba. Aunque ella ha incorporado el football a su lección final, y le pide a González que le diga en español cómo se prepara para un partido y qué hace después, la mente del jugador anda por otro lado. Está pensando en su hijo de 3 años de una relación anterior, sus dos hermanos y su madre, quienes van a llegar esta noche de Los Angeles. También lo distrae el continuo desfile de chicas con vestidos de verano, que caminan por el jardín y lo ignoran totalmente. Es un largo camino desde Kansas City. Sánchez le pone sus manos al costado de los ojos, como anteojeras. "Tony, por favor, concéntrate", le dice.

Temprano en sus lecciones, González escuchaba mucho "repítelo, por favor". Pero ahora los comentarios de las docentes son generalmente "¡Correcto! ¡Perfecto! Muy bien, Tony". Sus profesoras dicen que González está camino a dominar la lengua. De hecho, cuando una gigantesca mosca negra se posa sobre su cuello, González grita: "¡Fuera, mosca!" En lugar de "Damn fly!".

Esa tarde, González lleva a su familia a celebrar su graduación en su bar favorito. "Soy el cliente número uno de Mama Mía," dice. El cantante de Pila Seca dedica una canción original "a nuestro nuevo amigo, Tony González," quien arrastra a todos hacia la pista de baile.

Tratando de superar el volumen de los acordes de Pila Seca, Tony le pregunta en español a su hermano mayor Chris, por tercera vez, si quiere otra cerveza. Chris, cuyo español es limitado, le responde a los gritos en inglés: "No, por última vez, no quiero ir al baño." Sin inmutarse, Tony le aconseja a Chris algunas líneas en español para decirle a la belleza de pelo negro y ojos pardos que está bailando a su lado. Pero el "Tienes unos hermosos ojos" se transforma por accidente en "Tienes unos hermosos hijos".

Una hora más tarde, los hermanos todavía se ríen del error de pronunciación, y se dan codazos uno al otro cuando la familia sale al jardín. Bajo los árboles perfectamente podados, que parecen maracas gigantes, Tony camina hacia una banda de mariachis que está tocando allí cerca. Los ocho miembros del grupo llevan trajes negros con tachones de piedra, y parecen unidos entre sí por el bigote.

Atraída por la música, la gente se acerca y forma un semicírculo alrededor de la banda. Los locales se entremezclan sin problema con la familia González. Algunos hacen palmas. Otros cantan. Los mariachis tocan la canción perfecta para la escena: "Cielito Lindo". Todos bailan en un gran círculo, y otra vez, el hombre en el medio es Tony González.

La mirada en su cara no necesita traducción.

 

 

 

 

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